Los pollitos llevaban en sus picos apenas un dedal de alpiste y entraban donde Tava. Entonces la vaca se acercaba mucho a ellos, como si se los fuera a comer, moviendo apenas sus labios gordos. Y los pollitos salían, dejando el alpiste frente a Tava, quien se lo comía.
La escena se repitió muchas veces, con diferentes animales y diferentes alimentos. Sin entender aún, los granjeros resolvieron que la granja se volvería más rentable si expusieran ese espectáculo al mundo. Empezaron por invitar a los vecinos a contemplar la maravilla.
Y así, con el paso de los días, Tava se había convertido en toda una atracción para los habitantes de aquel lugar. Tal revuelvo causó que el cabecilla de la organización granjera la quiso conocer.
Los granjeros consideraron la visita un total honor. Incluso, cuando el granjero mayor les sugirió que quizá sería inteligente que él fuera a la granja algunas veces a la semana a ver cómo estaba, pareció una buena idea.
Después de algún tiempo, las filas de gente fuera del establo de Tava evocaban a la perfección las filas de animales embelesados. A los pollitos y a los gatos, a las gallinas y a las yeguas, a los lechones y a los caballos, todo ellos cambiaban su sustento vital por palabras que se metían a sus cabezas como una canción pegajosa en un idioma desconocido.
Más que magia, lo que Tava ofrecía era una frase que otorgaba esperanza, orgullo –cada animal dejaba el establo con la certeza de haber obtenido una maravilla que adornaba su cabeza como una aureola de aprobación animal-. La atención de los granjeros ayudó a la reputación de Tava, pues el papel del humano en la granja se reducía a dejar alimento y a desaparecer un cerdo de vez en cuando.
La fama de Tava llegó a otros países, a otros continentes. Un día, un granjero llegó con su familia y la mascota de su hijo menor: una mantis religiosa. De la mano del niño a la patita del insecto había un hilo rojo a forma de correa. Cuando el niño se acercó a Tava, la mantis pudo cruzar un par de palabras con ella, apenas las suficientes. Y aquella mantis, quien se pudo escapar de la mano granjera ese mismo día, corrió un rumor: Tava vendía palabras disfrazadas de magia, en una forma muy parecida a las que en el pasado pronunciara Alfonsina, la vaca. La novedad en la magia de Tava era que utilizaba combinaciones de palabras que confundían a los animales de la granja. La mantis lo sabía porque, junto a los granjeros, había viajado a establos más grandes donde la magia de Alfonsina se traducía en mayor producción de huevos, animales más felices frente a su destino inevitable.
Desde los pollitos hasta los potros, miraron con sospechas a Tava cuando llegó el rumor. El gallo Yepino, que había recorrido varias granjas por su costumbre de picotear a los granjeros, decidió organizar una junta, sembrar el germen de la duda entre los animales.
Planteó que las gallinas viejas contaran todo lo que recordaran de Alfonsina y su sabiduría para aclarar la interrogante. Las gallinas, viejas como eran, descubrieron que ninguna se acordaba de las palabras de Alfonsina, todas conocían y respetaban la sabiduría ganada por la fama, y no al contrario. Las palabras de Alfonsina eran, en esencia, mejores, pero nunca llegaron a ser tan conocidas y codiciadas como las de Tava. La magia de Alfonsina radicaba en la simpleza y verdad de sus palabras. La única anécdota recordada por la más vieja de las gallinas se situaba en un conflicto entre los granjeros y el gallinero. Todo había comenzado cuando los granjeros aparecieron con un hacha, decididos a matar a Eusebia, la más vieja gallina. Eusebia ya no daba huevos pero, eso sí, comía por dos. Cuando las demás gallinas notaron las intenciones de los granjeros, resonaron los cacareos y se soltaron los picotazos. Eusebia, por su vejez y sabiduría, era una gallina querida. Los granjeros no lo veían de esa forma, percibían la muerte de Eusebia como porciones menos de alimento, el fin de una vida tenía un signo monetario encima.
Las gallinas pelearon contra los granjeros pero fueron vencidas. Eusebia fue asesinada una mañana de mayo. Entre el luto y la indignación, la vaca Alfonsina había atinado a decir: “El animal es superior al hombre porque no tiene conciencia del bien.” Todos quedaron atónitos en la granja por lo atinado de su razonamiento. Esa fue la única anécdota que se recordaba en el gallinero.
A pesar de ello, a esas alturas, Tava era toda una institución en la granja, pero el gallo Yepino pidió una opinión honesta sobre ella. ¿De verdad era digna de tanta fama, de tanto renombre? Quizá lo único que había hecho era retomar lo dicho por Alfonsina y reproducirlo con palabras bellas, ¿qué sabían esos animales?
El consejo de las gallinas se reunió en un rincón alejado del gallinero para discutir la situación. Después de un cacareo unánime, la decisión fue transmitida a los animales de la granja, incluyendo a Yepino.
Tava se había aprovechado de la ignorancia de la granja. [Haz click aquí]
Tava guiaba el pensamiento de la granja. [Haz click aquí]
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