Yepino no cabía en sí. Las viejas sabias habían demostrado ser más que simples gallinas de mentalidad pequeña.

Los kilos ganados por Tava en el tiempo que su fama duró se fueron evaporando conforme los animales dejaron de buscar la seudomagia de la vaca.

Los granjeros un día notaron la ausencia de filas. En lugar de ellas había moretones y llagas infectadas sobre Tava, producto de la indignación general de los animales al no obtener reembolsos.

La vaca estaba en mal estado de salud, las heridas cubrían parcialmente su cuerpo flaco. Un pollito malvado, en la sed de venganza, acarreó el estiércol de los cerdos hasta la comida de Tava, quien estaba tan hambrienta que no notó el olor ni el sabor. La maldad del pollito provocó una diarrea incontrolable en la vaca.

Los granjeros, por miedo a que Tava muriera –aunado al miedo a tener que matar a la vaca de los huevos de oro- y con ella la fama de su granja, la subieron a una camioneta para dejarla bajo los cuidados del líder del sindicato de granjeros. Claro que no le advirtieron del desastre de enfermedad estomacal que la vaca tenía.
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