Había
una vez, hace un centenar de años, una vaca con los ojos profundos como el
negro de la noche. Su nombre era Octavia, los animales en la granja lo llamaban
Tava, la vaca Tava. Desde bien joven se hacía notar por su mirada. Las gallinas
más viejas decían que se parecía mucho a la vaca Alfonsina, la sabia que
contaba historias de granjas lejanas y tenía una opinión sobre cualquier
asunto, muerta muchos años antes. Los lechoncitos decían que su mirada era muy
singular y por ello era destacada –su juventud los limitaba a pensar que nunca
había existido una vaca con tal mirada-.
Por
esos tiempos, la granja estaba inmersa en una gran crisis y todos los animales
lo sabían. Pero no podían explicar en qué consistía la crisis ni qué la había
ocasionado. Igualmente estaban erráticos entre las órdenes de los granjeros y
las reflexivas historias de la vaca Alfonsina, que corrían como pólvora a pesar
de su muerte. Ya no sabían qué pensar.
Tava,
en medio del caos, continuaba creciendo y la comida que los granjeros le daban
no le parecía suficiente; entonces, en la crisis, vio la oportunidad. Su mirada
profunda derivaba de la gran capacidad imaginativa de la vaquita y, de una
forma u otra, los animales lo sabían.
Entonces
Tava decidió intercambiar magia por comida.
El
primero en aceptar el trueque fue Sebastián, el saltamontes. Comprar magia parecía
un poco inútil pero la curiosidad le ganó y aceptó darle un cuarto de su comida
a Tava. Sebastián quedó sorprendido cuando llegó al estanque donde Tava lo
había citado para darle su idea. Una piedra sobresalía del agua y sobre ella
estaba la firma de Tava –la marca lodosa de sus pezuñas- y Tava. Desde las
viejas gallinas hasta los lechoncitos estaban al pie del estanquito: a pesar de
ser una cosa muy rara esa de vender magia, todos los animales de la granja
habían sucumbido a la curiosidad.
Cuando
Sebastián subió a la piedra, Tava le explicó que ella le iba a decir unas
palabras al oído y ella las iba a repetir en voz alta, para que todos los
animales las escucharan. Tardó realmente poco en verter las palabras en el canal
auditivo de Sebastián. Y el saltamontes permaneció callado por mucho rato. Como
en el bolero de Maurice R., cada momento, Sebastián hacía un gesto que parecía
ser el inicio de una explosión musical de colores, como si la idea fuera una
obra estructurada en compases de tres cuartos que cambiaría la crisis o a los
granjeros. O cualquier cosa que podía ser nada.
Entonces,
el saltamontes, visiblemente confundido pero con una mirada de gozo superior
dijo suavemente, pero con voz segura: El animal por miedo a las apariencias, se
vuelve sólo Apariencia.
Los
animales estaban quietos, como si hubieran sido encantados. Los lechoncitos
miraban intermitentemente a las gallinas y a Tava, buscaban una arruga en la
frente o un cacareo de aprobación, algo que les indicara qué pensar de la idea.
La
gallina Althea, tenida como miembro importante de la población vieja y, por
tanto, sabia, miró de arriba a abajo a Tava, una vaca entre la edad tierna y la
edad adulta; luego, a los lechones expectantes de un norte hacia el cual
dirigir sus opiniones.
Entonces,
después de un pensamiento fugaz, la gallina Althea…
Se levantó sobre sus dos patitas y lanzó al aire un cacareo de júbilo. [Haz click aquí]
Estuvo unos minutos más sentada, cargando el ansia de los lechones. Luego se
levantó y regresó al gallinero, como si nada hubiera pasado. [Haz click aquí]
Si quieres saber más acerca de este cuento, haz click aquí.